Paloma Furlanis: “La belleza primero enamora… después cuestiona”
- AUNO PANAMÁ

- 31 mar
- 4 Min. de lectura
La artista argentina, quien vive en Panamá desde hace 15 años, revela la raíz íntima de sus pelícanos, la educación estética que formó su sensibilidad y la fuerza emocional que sostiene su mensaje ambiental. Una conversación donde la intuición se convierte en criterio y la belleza en un puente hacia la conciencia

Dulce Pérez Colmenárez. Fotos por Luis Gómez @gomezsufilms
Paloma Furlanis mira el mundo como quien intenta descifrar un lenguaje secreto. Observa la luz, los silencios y los gestos mínimos de la naturaleza con una atención que parece heredada de otra vida. Su conexión con los pelícanos nace de esa mirada fina, casi ritual, pero también de algo más íntimo: en Panamá, varios encuentros fortuitos con algunos de ellos heridos la llevaron a rescatarlos una y otra vez. Aquella repetición dejó de parecer casualidad y empezó a sentirse como una señal. Ese llamado silencioso fue el que finalmente la condujo a pintarlos.
“Ellos son elegantes y vulnerables, sobreviven y se adaptan, pero siguen expuestos al impacto humano”, afirma. En estas aves reconoce su propia forma de existir: sensibilidad abierta, fortaleza silenciosa y una conciencia profunda de la fragilidad que sostiene la belleza.
Nació en Tandil, Argentina, dentro de un hogar donde el arte no se celebraba como un acontecimiento extraordinario, sino como una manera de respirar. “En mi casa nada era solo un objeto, todo tenía una intención y un trabajo detrás”. Fue gracias a sus padres que desarrolló esa forma de mirar: ellos le enseñaron a apreciar la belleza en todo, incluso en lo mínimo, en lo que otros pasarían por alto.
Bajo esta percepción, aprendió a reconocer la armonía de un espacio, la historia escondida en un mueble, la intención silenciosa de una tela. Esa educación íntima y constante moldeó su criterio sin imposiciones, como una herencia natural que terminó definiendo su sensibilidad.

Además, desde muy pequeña, descubrió que su camino no podía limitarse, y esa revelación marcó el inicio de su formación como artista. No pasó por academias tradicionales; su aprendizaje nació de la observación, la experimentación y una curiosidad que nunca se apagó. “Siempre sentí la necesidad de probar materiales nuevos, ensuciarme las manos y entender cómo reaccionaba cada superficie”, recuerda.
Esa exploración constante se convirtió en su escuela. Con el tiempo profundizó en técnicas contemporáneas, estudió color, composición y procesos mixtos, y desarrolló un lenguaje propio donde la intuición ocupa el centro.
“Me encantaría que el espectador contempla en mi trabajo la elegancia del pelícano y la sutileza con la que roza el agua, que reconozca lo especial de su presencia y que esa admiración despierte el deseo genuino de cuidarlo y proteger la naturaleza”
Esa certeza se transformó en brújula y, hoy, su trabajo seduce antes de cuestionar: enamora con color, textura y armonía para luego abrir una conversación sobre responsabilidad ambiental. “No me interesa que la obra deje un gusto amargo”. Prefiere que la belleza sea un puente, un gesto que invita a mirar más de cerca y a detenerse frente a aquello que solemos pasar por alto.
Su paleta revela una historia emocional que atraviesa su obra. “El amarillo es luz y optimismo; inevitablemente me recuerda a mi papá”, confiesa. El naranja, en cambio, introduce una fuerza distinta, una energía que impulsa el movimiento interno de cada pieza. El verde sostiene su vínculo con la naturaleza, ese territorio simbólico que define su mirada; y el dorado eleva todo lo que toca. “Es ese destello que hace a una pieza respirar distinto y cobrar vida”. Cada tono funciona como un hilo afectivo que une su vida con su propuesta estética; y es que, para ella, la armonía visual no basta; busca coherencia entre lo que siente y lo que entrega.
En ese universo cromático aparecen los pelícanos, figuras que se han convertido en un lenguaje propio dentro de su obra y los protagonistas de cada pieza. No son solo aves: son metáforas de los valores que la sostienen. “Vuelan juntos, se cuidan y se adaptan; eso también forma parte de mí”, afirma. En ellos reconoce la misma fortaleza silenciosa que la acompañó en cada etapa de su vida. Por eso no representan únicamente una causa ambiental, sino también su historia personal: evocan el apoyo incondicional de su familia y su capacidad de abrirse camino en nuevos territorios.

Expansión, legado y obra viva
Entre el ritual del café y una selección musical que define el carácter de cada obra, Paloma imagina el rumbo que desea para su trayectoria. Aspira a colaborar con una galería que conecte su raíz latinoamericana con una proyección global, un espacio donde sus pelícanos dialogan con miradas diversas.
También visualiza su arte expandido hacia más textiles, esculturas y piezas intervenidas, formatos que le permitirían explorar nuevas dimensiones sin perder la esencia de su mensaje.
Esa evolución creativa se enlaza con un compromiso ambiental cada vez más consciente y estructurado. Para Paloma, no se trata solo de representar pelícanos, sino de cuidar aquello que la inspira. “Mi arte y la causa de proteger la naturaleza están íntimamente conectados”, afirma.
“Los pelícanos vuelan juntos, se cuidan y se adaptan; eso también forma parte de mí, porque siempre sentí que mi camino se sostiene en la fuerza de los vínculos que me acompañan”
Así, su obra se convierte en un recordatorio silencioso de la fragilidad de los ecosistemas costeros (un mensaje que desea compartir también con quienes adquieren sus piezas), una preocupación que la acompaña desde que comenzó a observar cómo estas aves intentan sobrevivir entre la contaminación y el impacto humano.
Esa conciencia la impulsa a buscar proyectos que vayan más allá del lienzo: desde jornadas de limpieza de playas hasta colaboraciones con organizaciones dedicadas al rescate de fauna marina. Por eso su arte, además de representar, también convoca, invita a cuidar y a mirar con más ternura aquello que el mar protege y a veces esconde.
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