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Una receta que hará a tu familia muy feliz

Hoy quiero compartir con ustedes una fórmula que ha llenado tanto mi corazón como el de mis hijos. Un método que nos ha hecho más alegres, responsables, unidos… Se llama responsabilidad emocional y estoy segura de que te ayudará a cambiar tu vida para bien



Laura Sánchez Burgos. Fotos por Sergio Madrid @sergiomadridphoto


Esta receta que te enseñaré es superfácil de preparar y todos los ingredientes están… ¡en tu corazón!; por ello, es muy sencilla de practicar en nuestros hogares.



Básicamente, es una técnica que consiste en ser conscientes del papel que juegan las emociones tanto en nuestra vida como en la de los demás. De esta forma, palabras como empatía, bondad y compasión empiezan a formar parte de nuestros hijos.

Educarlos en la responsabilidad emocional es hacerles comprender la importancia de los sentimientos, así como introducir en ellos valores fundamentales como la sinceridad. Así, nuestros hijos desarrollarán la capacidad de analizar sus actos y determinar las consecuencias que estos pueden tener en otras personas.


Y, por supuesto, no podemos olvidar instruirles que la responsabilidad emocional también es para ellos mismos, por lo que debemos enseñarles a tomar distancia de aquellos individuos que les generen, ya sea por medio de palabras o acciones, todo tipo de sentimientos negativos. En definitiva, a través de esta técnica, nuestros hijos aprenderán que no es correcto lastimar a los demás ni tampoco dejar que otras personas vulneren sus emociones.



Para que la practiques en casa, te daré algunos ingredientes de esta receta:


Inteligencia emocional: es importante que nuestros hijos comiencen a reconocer algunos sentimientos y nos expresen qué sensaciones tienen con cada uno de ellos. Podemos iniciar con emociones básicas (alegría, tristeza, miedo, sorpresa…) y, poco a poco, ir introduciéndoles otras más complejas como envidia, vergüenza o frustración.


Confianza: generar un ambiente de tranquilidad y seguridad en casa es un elemento primordial para lograr que reconozcan bien sus emociones y puedan conversar con su familia sobre cómo se sienten, sin que sean juzgados o señalados. Para ello, normalicemos contarles nuestros sentimientos, ya que fomenta la sinceridad y la comunicación. ¡Claro!, sin cargarlos con nuestros problemas de adultos, a fin de generar un entorno afectivo estable.


Límites sanos: acción que trabajo desde que mis hijos estaban muy pequeños, ya que me parece muy significativo para la vida. ¿Cómo lo pongo en práctica? Explicándoles la importancia de reconocer eso que les afecta, además de definir qué pueden tolerar y cuáles aspectos no consentir de las personas cercanas. En este punto, que considero un superalimento para el alma, nuestra labor como padres tiene dos aristas: por una parte, ayudarlos a identificar esos momentos en los que deben marcar límites y, por otra, impulsarlos a desarrollar su autoestima, ya que una personita que se quiere y respete a sí misma será capaz de distanciarse de quienes la lastimen con sus acciones, sin temor al qué dirán o al hecho de quedarse sola.


El reflejo: para que esta receta sea todo un éxito, como padres debemos también demostrar responsabilidad emocional y ser coherentes con lo que enseñamos. Para ello, es imperante hacer que nuestros hijos expresen cómo se sienten ante nuestra forma de actuar. Ante esos casos siempre trato, desde el respeto, argumentar mi acción o comentario; y, si he errado, disculparme para luego aceptar mi equivocación. Estas dos acciones nos conectan más con ellos y les hace entender que todos somos humanos, por lo que, a veces, cometemos errores.


Por último, recuerden que el ingrediente principal para la vida es hacer todo desde el amor, tener una pizca extra de autoconfianza y saber que ser feliz es tu decisión.



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