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Metal Lavender: memoria, lujo y el gesto contemporáneo de Aurélien Guichard

Esta lavanda —convertida en memoria, lujo y gesto contemporáneo— llegó a mis manos semanas antes de su lanzamiento oficial, dentro de un pequeño paquete enviado desde Francia. Además de descubrir la fragancia antes que nadie, tuve el privilegio de ser la única persona en Panamá en conversar con una de las narices más influyentes de la perfumería actual sobre esta nueva propuesta. Aquí comparto mis impresiones de un encuentro íntimo y profundamente revelador


Por Jana Balkova. Fotos por cortesía de la marca


Desde el primer momento, la fragancia me resultó familiar, como si despertara un recuerdo antiguo con una voz completamente nueva. Crecí rodeada del olor a lavanda: velas, jabones y bolsitas perfumadas que mi madre siempre tenía en casa. Sin embargo, esta interpretación se siente distinta: más limpia, envolvente y contemporánea gracias a la combinación de almizcles y notas de cachemira.


Metal Lavender se percibe como una camisa blanca perfecta: minimalista, effortless, ligeramente oversized. Tiene esa mezcla entre pulcritud y actitud que define tan bien la estética actual de las clean girls, pero con un giro más cool, edgy y menos predecible. A partir de ahí, la conversación con Aurélien Guichard se abrió hacia la memoria olfativa, la creatividad, el lujo y la belleza de la simplicidad en la perfumería contemporánea.


Cuando escuché por primera vez el nombre Metal Lavender, me sorprendí. “Lavanda metálica” parecía un contraste improbable, casi una provocación. Sin embargo, al leer sobre su inspiración en la destilería de lavanda en Provenza, Francia, todo empezó a adquirir coherencia. Esa revelación despertó mi curiosidad, así que le pedí a Guichard que me hablara con detalle sobre el origen de esta idea.


El perfumista hizo una pausa antes de responder y describió la imagen de esa destilería con una estética singular, casi brutalista, marcada por una arquitectura moderna y depurada. Explicó que su intención consistía en alejar la lavanda de su carácter tradicional para llevarla hacia un territorio más atrevido, enérgico y menos rígido, casi como si quisiera liberarla de cualquier gesto “robótico”.




Y es que Metal Lavender, en esencia, se construye desde los contrastes. Cuando se huele por primera vez el Lavandin Grosso, aparece un matiz casi metálico que Guichard aprecia profundamente, porque le recuerda al viento atravesando sus campos de lavanda: modernos, texturizados, llenos de capas y con una energía luminosa. En ese paisaje nace el aceite de lavandín que produce de forma orgánica desde 2023, y fue precisamente allí donde surgió la idea de utilizarlo y equilibrarlo con su opuesto imperioso: el absoluto de lavanda, mucho más suave, envolvente y casi abrasador sobre la piel, con un carácter adictivo que nunca se vuelve excesivamente dulce.


Me cuenta, además, que decidió plantar lavandín inspirado por el escritor francés Jean Giono, quien afirmaba que la lavanda es el alma de Provenza; pensó entonces que sería hermoso tener campos propios para sus hijos y para quienes los visitaran. A partir de ese gesto, comenzó a pasar largas horas en las montañas, a mil metros de altura, donde la lavanda crece rodeada de familias que llevan generaciones dedicadas a esta flor. De esa convivencia nació la idea del perfume: una creación que estuviera a la altura de esa experiencia y de la dedicación que esas personas entregan a la materia prima.


Con esta visión en mente, le pregunté qué representa realmente la ostentación en la perfumería actual. Su respuesta me sorprendió porque se alejó de cualquier marco teórico para centrarse en algo completamente tangible: el insumo esencial.


Me explicó que lo verdaderamente importante consiste en tener acceso a ingredientes hermosos y en cantidades generosas, ya que eso permite construir textura, profundidad y capas dentro de una fragancia. Después, añadió que la creatividad —la capacidad de concebir olores únicos— ocupa un lugar decisivo en el proceso. Sin embargo, su definición más reveladora llegó al final: un perfume debe hacerte sentir único cuando lo llevas; para él, esa sensación encarna el auténtico lujo.


Para alcanzar un objetivo tan ambicioso, imaginé que alguna parte de su personalidad debía filtrarse inevitablemente en sus creaciones. Me respondió casi al instante, con una naturalidad desarmante:


“¡Todo!”. Después hizo una pausa y añadió: “Si tuviera que resumirlo en una sola palabra, elegiría sinceridad”.


Esa franqueza atraviesa su manera de hablar de los ingredientes, de los paisajes y de las personas que trabajan la tierra. Esto me dio pie para preguntarle cuál era su magdalena de Proust. La expresión, inspirada en Marcel Proust y su novela En busca del tiempo perdido, alude a ese olor, sabor o sensación capaz de transportarnos de inmediato a un recuerdo profundamente emocional. Guichard sonrió antes de adentrarse en una memoria de infancia que parece explicar gran parte de su vínculo con la perfumería; y así empieza una historia entrañable, casi cinematográfica.


Su padre trabajaba en París mientras él pasaba largas temporadas en el sur de Francia con sus abuelos. Era mayo, en plena década de los ochenta, y corría entre los campos de rosas donde conoció a una comunidad gitana que las recolectaba desde la madrugada hasta el mediodía antes de llevarlas a la fábrica.




Un día, decidieron llevarlo en el recorrido hacia la manufacturera. Tendría entre nueve o diez años de edad; el carro era un Volkswagen Golf completamente destrozado y sin asientos. La conductora fumaba un cigarrillo, la música sonaba a todo volumen y él sentía muy cerca, en la parte trasera del automóvil, las bolsas repletas de flores.




La escena reunía olores, sonidos y movimiento de una forma profundamente sensorial: tabaco, rosas frescas, el aire que entraba por las ventanas abiertas y el camino polvoriento hacia la fábrica. Guichard evoca ese instante como una belleza absoluta, una felicidad pura y simple. Cuando lo recuerda, siente que valió la pena vivirlo, porque tenía entre sus manos una verdad irrepetible.


Antes de despedirse, dejó una reflexión que resume con claridad todo lo que habíamos conversado: “La vida se vuelve más bonita cuando hay fragancias en ella”.

Tal vez esa sea, en el fondo, la intención última de su trabajo: crear aromas que no solo acompañen a quien los lleva, sino que terminen entrelazándose con sus recuerdos más íntimos.


Conoce más de su creación en:

 

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