Eduardo, Gia y Teddy: los guardianes del corazón de María Lorena Massot
- AUNO PANAMÁ
- hace 42 minutos
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Entre caricias, travesuras y sesiones fotográficas, la arquitecta, modelo y creadora María Lorena Massot comparte su vida con tres golden retrievers que no solo la acompañan, sino que la inspiran. “El que da confianza, recibe confianza”, dice, mientras revela cómo estos peludos se han convertido en sus maestros de presencia, alegría y ternura

Dulce Pérez Colmenárez. Fotos por Luis Gómez @gomezsufilms
En el hogar de María Lorena Massot no hay silencios largos ni días grises. Allí habitan tres seres dorados que transforman cada rincón en un escenario de amor, juego y complicidad. Gia, Teddy y Eduardo son golden retrievers, pero también son portales de ternura, estrellas de comerciales y guardianes de momentos sagrados.
“¡Son unas bolitas de amor, felicidad y pelo!”, confiesa entre risas María Lorena, mientras recuerda cómo Gia, mamá de 5 ejemplares y fanática del agua, la dejó empapada al preferir la manguera sobre una fuente recién comprada. Eduardo, por su parte, ha crecido al doble de su padre Teddy, aunque sigue siendo “el chiquitín” de la familia.

Su vínculo con ellos va más allá del cuidado. Es una relación tejida con gestos cotidianos, miradas que interrumpen su edición de contenido y rituales mensuales que celebran la vida compartida. “Cuando hacemos eye contact, se acercan a mí y, sí o sí, dejo lo que estoy haciendo para compartir con ellos; es un no negociable”.
Eduardo, el más cariñoso, tiene una costumbre que lo hace inolvidable: se apoya con todo su peso sobre la pierna de María Lorena para pedir caricias. “Y si te detienes, con su hocico te levanta la mano para que sigas”. Esa insistencia dulce lo convierte en un maestro del afecto, un recordatorio constante de que el amor no se mendiga, sino que se ofrece.
Aunque fue Eduardo quien inicialmente protagonizaría un comercial de Ford, su tamaño lo traicionó al intentar subir al auto. “El pequeño gigante solo podía subir las dos patas delanteras, ¡teníamos que ayudarlo (risas)!”. Fue Teddy quien tomó el relevo, lo que demostró que los golden nacieron para las cámaras. “Solamente existiendo parecen actores de película”.

Las travesuras también tienen su lugar en esta historia. Teddy, de cachorro, se comió los zócalos de madera de la casa mientras le salían los dientecitos. Gia, por otro lado, tiene una fascinación por las carteras: no las destruye, las pasea como si fueran trofeos. “Le decimos la guardiana del portal”, dice María Lorena, aludiendo a su costumbre de acostarse en los marcos de las puertas.
El cuidado de estos peludos es meticuloso. Desde una dieta grain free con proteína y probióticos, hasta baños quincenales con champús especiales para prevenir alergias. Cada dos o tres meses, los lleva al veterinario Von Fuster, donde entran a las 8:00 a.m. y salen cerca de las 5:00 p.m. “Siempre me envían fotos del ‘antes y después’ de cada uno y… esa es mi parte favorita”. Es un ritual que mezcla ternura, estética y bienestar.
La casa está cercada, lo que permite que los tres se paseen libremente. “Les encanta buscar la pelota, aunque no siempre te la devuelven ¡y terminan ellos jugando contigo a que trates de quitársela!”. Esa dinámica espontánea es parte de su ejercicio diario, una forma de mantenerlos activos y emocionalmente equilibrados.
En el plano creativo, los golden son más que compañía. “Siento que parte de mi identidad son mis perrinchis”, afirma. Han sido inspiración directa en sesiones fotográficas y, aunque a veces exigen un treat como recompensa por posar, su energía contagia a todos los que los rodean. “Ellos son los reales influencers”.
Cada mes, María Lorena recibe una caja de golosinas y juguetes a prueba de mordidas. Ese día se convierte en un ritual: ella llega con regalos y pasan la tarde jugando. Es un gesto que refleja cuánto significan en su vida cotidiana, incluso cuando no puede estar con ellos todo el tiempo.
La lección más profunda que le han obsequiado estos compañeros de cuatro patas es simple y poderosa: “Tanto su tiempo como el mío en esta tierra es limitado; por lo que debemos disfrutar, compartir y querer hoy”. En esa frase se condensa la filosofía de una vida saboreada con presencia, gratitud y afecto.
Y si tuviera que definir a Eduardo en una sola imagen poética, lo hace con una ternura que desarma: “Mi perrito con ojitos de aceitunas, naricita de caucho, pelitos rizados del color del sol, cola de dinosaurio y orejitas tan suaves como el terciopelo”.
En el universo de María Lorena Massot, los golden retrievers no son mascotas. Son maestros, cómplices, espejos de lo que significa amar sin condiciones. Son, como ella misma dice, “la pausa que me recuerda que el presente es lo único que realmente tenemos”.
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