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Regalos invisibles: la riqueza que no se envuelve

Una guía para obsequiar lo esencial: silencios, tiempo, presencia y gratitud. Tesoros que no se compran, pero transforman


Laura Sánchez Burgos. Fotos por Luis Gómez @gomezsufilms

Hay obsequios que no llegan con cintas ni se exhiben en vitrinas. Se presentan sin aviso, en jornadas comunes, y modifican la manera en que habitamos la existencia. Entre la prisa y el bullicio, olvidamos que existen presentes sin precio, capaces de otorgar serenidad. Son gestos sencillos que no buscan deslumbrar, sino sanar. Esta es una guía atemporal: un inventario breve de dones que no se empaquetan, pero dejan huella.

 

Regálate silencio

El silencio incomoda solo cuando hemos perdido la costumbre de escucharnos. En medio de estímulos constantes, aprender a permanecer en calma es casi un acto de resistencia. Así que detén el ruido, respira y contempla lo que ocurre dentro. No necesitas comprenderlo todo: basta con permitirte sentir.

 



Ofrécele tiempo a quien te nutre

Compartir horas con quienes nos hacen bien es una forma de gratitud y ello no requiere planes grandiosos: basta con una charla sin pantallas, una comida sin reloj, una caminata sin destino. El tiempo es el único obsequio que no se devuelve y por eso su valor es incalculable.

 

Regálate presencia

Estar es un arte. La presencia no es solo permanecer físicamente, sino habitar con atención cada instante. En otras palabras, escuchar sin anticipar respuestas, saborear sin distracciones, mirar con intención. Hay momentos que se vuelven eternos, porque estuvimos plenamente ahí.

 

Regálate ligereza

Soltar no significa perder, sino liberar espacio, porque acumulamos historias, temores y exigencias que ya no nos corresponden. Dejar ir no siempre duele: a veces alivia. En ese consuelo surge una paz renovada, donde la vida vuelve a fluir.

 



Regálate gratitud

Agradecer transforma la mirada. No esperes milagros: están en lo cotidiano, en los días que parecen corrientes, en una risa inesperada, en un plato caliente, en una palabra amable. La gratitud acomoda todo en un lugar más simple, más luminoso.

 

Regálate autenticidad

Ser tú misma sin disfraces es libertad. No necesitas gritarlo ni justificarlo: solo vivirlo. Vestir como deseas, expresar lo que sientes, poner límites sin culpa. Cuando eliges la honestidad, el mundo se ajusta a tu frecuencia.

 

Regálate descanso

Descansar no es pereza; es respeto. Apagar, detener, respirar. Es permitir que cuerpo y alma se encuentren sin exigencias. A veces descansar no es dormir: es soltar la obligación, el ruido, la necesidad de ser más. Solo así llega la claridad.

 

Hay obsequios que no caben en una caja ni se entregan en una fecha marcada. Son los que permanecen: el silencio que ordena, el tiempo que une, la ligereza que libera, la gratitud que ilumina, la autenticidad que sostiene. Si alguna vez dudas sobre qué regalar, recuerda: los mejores presentes no se compran, se viven.

 

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