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La anestesia digital que sepulta nuestras emociones

hace 2 horas
3 min de lectura

El uso constante del teléfono móvil ha dejado de ser una simple herramienta de comunicación para convertirse en un refugio evasivo. Analizamos cómo la hiperconexión distorsiona nuestra regulación emocional, deteriora las relaciones personales y reduce nuestra capacidad de disfrutar la soledad y la creatividad


Mgtr. Marien Chamorro — Psicóloga clínica| Fotografía por Irene Chamorro @irechamorro


¿Te ha pasado que dejaste el teléfono en algún lado?, ¿cómo te sentiste al darte cuenta y lidiar con la desconexión? En distintos niveles, esta situación provoca ansiedad, lo cual resulta lógico: no te separas únicamente de un dispositivo, sino del contacto directo con tu trabajo, tus hijos, la familia, las amistades o cualquier mensaje urgente.


Se activa esa sensación de aislamiento e inaccesibilidad que desencadena la ansiedad de separación. Es el miedo intenso a la lejanía de las personas importantes y el temor a que algo malo ocurra mientras no hay señal. Desde la psicología, esta es una de las razones más sólidas por las cuales mantenemos un apego tan fuerte al móvil.


Sin una conciencia plena de ello, muchas interacciones cotidianas con el smartphone despiertan emociones diversas. Por ejemplo: la aparición de un video que termina en lágrimas; la falta de respuesta a un mensaje crucial; el laberinto informativo que genera una consulta médica; o el impacto de un metraje gracioso. Es evidente que la vida afectiva sufre alteraciones ante el contacto permanente con la pantalla, por lo que su uso diario incide en el estado de ánimo.


El psicólogo Peter Fonagy definió la regulación del afecto como la habilidad individual para modular el estado emocional y enfrentar las exigencias externas de forma adecuada. Dicha capacidad se desarrolla según la madurez de los padres para procesar los afectos en la infancia. Algunos crecimos en ambientes donde los sentimientos se escuchaban a volúmenes muy altos; otros, en entornos donde casi no existían. Ningún extremo es sano. Lo ideal es aprender a escuchar las emociones propias y ajenas, nombrarlas, comprenderlas y expresarlas con equilibrio.


A menudo utilizamos el móvil como un instrumento de autorregulación para aumentar o reducir lo que sentimos. Si aparece la incomodidad en un lugar desconocido, acudimos al teléfono; ante el aburrimiento, la pantalla; frente a la incertidumbre o la rabia tras una discusión, la mirada vuelve al dispositivo. Buscamos gestionar el malestar, pero no hay un procesamiento real; al contrario, este hábito nos aleja de la difícil tarea de sentir, comprender y sostener las vivencias diarias. Esta conducta perjudica la gestión personal y daña otros aspectos, sobre todo los vínculos familiares y de pareja: al buscar un descanso entretenido en casa, la tecnología se convierte en un tercero en la relación que interrumpe el contacto con los seres queridos.


La conexión permanente —donde es posible hablar con cualquiera a cualquier hora— disminuye la capacidad de estar a solas. Esa aptitud para permanecer en silencio con los propios pensamientos y sentimientos, en paz, resulta fundamental. Es preciso tolerar la soledad e incluso disfrutarla para transitar de manera fluida entre la vida exterior y el mundo interno, pues la intolerancia a la soledad actúa como un catalizador de la ansiedad.

Por otro lado, la creatividad requiere tolerar el espacio vacío antes de entrar en una zona mental donde las ideas fluyen. Acudir de forma constante al teléfono interrumpe y dificulta ese proceso. Ante esta realidad, cabe preguntarse: ¿de qué manera afectará la inteligencia artificial a la capacidad creativa?


No pretendo satanizar los smartphones, porque son herramientas de gran utilidad. La invitación es a realizar una mirada introspectiva y cuestionar: ¿el dispositivo me controla o yo mantengo el control?, ¿distancio a mis seres queridos debido a este uso?, ¿cuáles sensaciones intento evitar? La meta es dar un uso consciente y practicar la distancia digital para conectar de forma sana con la vida y el presente.

 

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